Asi conteste
cuando a los 47 años me conto mi esposa que era hijo adoptado, fue un momento
que no les podría describir, ya que el lugar y el momento no eran los
adecuados, pero asi fue y tuve que digerirlo.
Los secretos,
por mucho que se cuiden, a la larga hay grandes posibilidades que se conozcan,
imagínense que mi esposa supo por medio de su madre que una muy amiga de ella,
había sabido por un notario, que mi padre adoptivo había hecho un testamento
donde quedaba claro que yo era adoptado, pero que el me reconocia plenamente y
con todos mis derechos.
Fue un golpe
fuerte en la vida y lo comencé a relacionar con etapas y conversaciones de
juventud en la cual, recuerdo una vez que un sacerdote del colegio me cito a su
oficina, y me dijo que yo era hijo adoptado, yo le conteste, cualquier otro
menos yo, y sali de su oficina, ahora
recuerdo que fue justo antes de irme becado a USA cuando estaba en quinto año
humanidades, hoy tercero medio, seguramente tenían miedo a que lo supera por
los tramites para salir del país solo, pero no fue asi, nunca mas me dijeron
nada.
Otra vez ya
casado y trabajando en el campo, llego un curadito, medio golpeado y me llamo y me grito que yo era un usurpador,
que no me merecia nada de lo que tenia, que yo era u n extraño, lo creimos todos
loco, al final supe era un jinete del club hípico que mi padre había llevado y
enseñado, a lo mejor era hijo biológico de el?’ y no reconocido.
Me recuerdo
también, ahora, que hubo un momento en que yo tuve un problema grave y a mi
padre le oi decir “quien me mando a tener este cabro”, yo lo tome como que estaba muy enojado y nada que
me hiciera pensar de la adopción Ahora entiendo su posición de padre adoptivo
enojado….
El caso de los padres adoptivos que se enojan con el hijo adoptado por algo y en ese momento de ira sienten que no aman a su hijo, Estos son sentimientos humanos completamente normales y no se deben preocupar, una vez pasado el enojo todo vuelve a la normalidad y el amor por ese hijo y del hijo hacia el padre fluye con naturalidad
La verdad,
es que el hecho de ser hijo adoptado no me ha afectado tanto como creí. No creo
que haya sido desechado, sino que hubo alguna razón poderosa para darme en
adopción. Si mis padres nunca quisieron contarme la verdad, sus razones
tendrían y yo quiero respetar su voluntad.
Muchos me piden que hable de mi condición de hijo
adoptivo. Es la primera vez que escribo sobre ello. Releo la primera frase y
siento que hay algo extraño en esa denominación. Como si la etiqueta de
“adoptivo” primara sobre la de hijo y el adjetivo modificara de forma radical
la relación con los padres.
Yo siempre los llamé “padres”, no padres adoptivos.
Incluso escribirlo me resulta molesto y desagradable. Me podrán decir que ellos
no me dieron la vida, pero la gestación es un acontecimiento que dura nueve
meses y poco más. Y ser padre es mucho más que una función biológica; es
permitir que un niño se convierta en un adulto, es humanizar mediante la
educación, la comprensión y el cariño. Pienso en mi vida y sólo los veo a
ellos.
Soy consciente que no cumplieron la etapa biológica inicial, pero no
tiene la menor importancia para mí, puesto que lo más auténtico, lo más
intrínsecamente humano, fue obra de ellos. Hacia mis progenitores, a los que
llamarles padres sería un exceso, no siento ningún rencor ni odio. Sólo un
sincero agradecimiento y ternura.
Lo esencial no está en la continuidad genética,
sino en el vínculo que se construye entre los padres y el hijo,
independientemente de los genes de cada uno.
Reducir toda la paternidad a la
función procreadora es una pobre simplificación.
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